Autora: Sandra M.P.
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—Leah, cariño, adelante. —dijo la rubia de senos tamaño hipopótamo.
—Está claro que no sabe cómo manejar a un playboy, vamos, Nerea, enséñale cómo se hace. —dijo la rubia teñida.
—No
puedo. —dije bajando mi mirada de nuevo.
—Vamos,
Leah, suéltate y pásatelo bien, no me digas que no está bueno, el
chico. —dijo la mujer de rizos negros.
Un
suspiro salió de sus labios y agitó mi pelo con el aire que salió
de su boca.
—Está
bien, si no ordenas tú, lo haré yo. —dijo una voz femenina con
cierto tono de enfado.
—¡No!
—negó la chica.
¿Por
qué hacía esto?
Alcé
mi mirada, ambas estaban de pie, y sé que no tendría que haber
alzado la vista, que iba contra las normas del “PlayBoy
Star”,
pero me sorprendía que una clienta diera la cara por mí.
—O
lo haces tú, o lo hago yo. —amenazó la chica de ojos celestes.
—Vamos,
Leah, diviértete y deja de preocuparte. —dijo la rubia de senos
tamaño hipopótamo.
La
miré, y ella me miró, parecía triste, y en su mirada no veía
intención de hacerme sufrir.
—Levántate.
—ordenó, con voz firme, y si no fuera por su mirada estaría
seguro de que quería lo mismo que las demás, humillarme, usarme y
divertirse jugando conmigo y con mi cuerpo.
Obedecí
y me levanté, mirándola a los ojos. Se escucharon risas por parte
de las mujeres que nos rodeaban, que a mis oídos parecían
perversas.
Yo
la miraba a los ojos, y ella a mí, parecía que no sabía lo que
tenía que hacer, parecía perdida.
—Leah, cariño, adelante. —dijo la rubia de senos tamaño hipopótamo.
—Está claro que no sabe cómo manejar a un playboy, vamos, Nerea, enséñale cómo se hace. —dijo la rubia teñida.
La
chica de senos tamaño hipopótamo se acercó a mí y Leah la miró.
—Tía,
por favor. —suplicó.
—No.
Te he traído para que lo pases bien, no para arruinarme la despedida
de soltera. —dijo la señora con una mirada fría.
—¡Pero
no es justo para él! —dijo la joven con lágrimas asomándose en
sus ojos.
—Ya
es suficiente, apártate. —dijo, y Leah me miró, con sus ojos
cristalizados. Bajó la mirada y dio un paso atrás.
—Vamos,
querida, trabajan en esto porque les gusta ser usados. Son de una
sola noche. —dijo la mujer de pelo rizado.
No
sabía, cuán equivocada estaba.
—Bien,
desnúdate, precioso. —me dijo la rubia de senos tamaño
hipopótamo. Volví mi mirada a ella y tragué saliva.
Obedecí.
Lentamente empecé a quitarme la camiseta, mientras la rubia me
miraba, ansiosa, parecía que quería comerme, como todas.
—No
estás nada mal. —dijo la morena.
Miré
a mi alrededor, a todas las miradas lascivas que me rodeaban, excepto
una, que me miraba con una mirada aguada y oscura. Parpadeó,
intentando que las lágrimas desaparecieran, y lo logró.
—Cariño,
eres mejor que el mismísimo Adonis. —dijo la chica de pelo negro
rizado acariciando mi abdomen desnudo, haciendo que un escalofrío me
recorriera de arriba a abajo. Era repugnante, humillante, pero no me
moví del lugar, no podía.
—Vamos,
que se quite los pantalones. —dijo la rubia teñida.
—Ya
lo has oído. —dijo la rubia de senos tamaño hipopótamo.
Bajé
la mirada hacia abajo, mirando mi prenda inferior, y empecé a
bajarme los pantalones, lentamente, más que por acto de provocación,
porque no quería hacerlo.
—Me
encantan los tímidos, pero me gustan más los que saben excitarme.
—me dijo la rubia de senos tamaño hipopótamo.
Ahora
estaba semidesnudo, tan sólo unos incómodos calzoncillos de látex
cubrían la parte más íntima de mi cuerpo, y era la única parte
que no había tenido que mostrar jamás, y era posible... Que hoy
tuviera que hacerlo.
—Estoy
deseando ver qué se esconde bajo esto. —dijo la rubia acariciando
mi miembro por encima de la tela de látex mientras yo aguantaba la
respiración.
Enrojecí,
de vergüenza, porque me humillarían, de nuevo, pero como nunca
jamás habían hecho.
—Tía,
te estás pasando. —le dijo Leah, y yo la miré. Sus ojos ardían,
¿de rabia?, ¿de impotencia? Tal vez de las dos juntas, aunque yo no
entendía el por qué, si ella no me conocía.
—Cariño,
he pagado por ello. —dijo la rubia de senos tamaño hipopótamo
acariciando su cabeza tiernamente, pude notar que era un poco
bipolar.
—Pero...
Tía, no... Por favor. —pidió en voz baja. —Él no quiere esto,
lo sé, se siente humillado, por favor, deja que se vaya. —suplicó.
Quedé
embobado, petrificado. Sabía cómo me sentía, quería ayudarme,
quería liberarme, pero no podía.
—Podemos
dejarlo ir —dijo la rubia de senos tamaño hipopótamo. —, pero
será peor para él si le decimos a su jefe que no ha cumplido sus
órdenes. —dijo, sonando malvada, haciendo que me pusiera pálido,
haciendo que temblara. —¿Ves? Tiene miedo. —dijo la mujer
mirándome con diversión.
—Vamos,
quítate ya esto. —dijo la rubia teñida tirando del elástico de
mis calzoncillos, sacándome del trance en el que me encontraba.
Enrojecí,
y obedecí. Coloqué las manos en mi cintura y empecé a bajar la
última prenda que cubría mi cuerpo.
—Wow.
—dijeron todas a la vez, y luego soltaron una risa, perversa,
pícara. Ya nada cubría mi cuerpo.
Cerré
los ojos con fuerza, no quería ver sus caras, mirándome con deseo,
me daban miedo.
Sentí
algo acariciando mi miembro, aguanté la respiración, mientras
sentía mi corazón latiendo fuertemente sobre mi pecho.
Empezaron
a masturbarme, estaba claro lo que querían, pero no lo lograrían.
No estaba excitado, estaba asustado.
—Abre
los ojos. —ordenaron, y tuve que hacerlo, aunque no quería.
La
mujer de pelo rizado se agachó lentamente.
No.
No, no, no, por favor.
Sonrió
pícaramente y sí, lo hizo.
Empezó
a lamerlo, de arriba a abajo, y yo tenía ganas de llorar. La bilis
subió a mi garganta y aparté mi mirada, que se posó sin querer en
la de Leah, quien me miraba con asco, y eso fue lo que hizo que casi
sollozara, pero me aguanté, me lo tragué.
Porque
la única persona que se había preocupado, aunque fuera un poco, por
mí, la única persona que me había mirado con compasión, ahora me
miraba con asco.
Mis
ojos se cristalizaron en ese instante.
—¿No
te excita esto, cariño? —dijo la mujer con diversión, pero a la
vez con enfado. La miré y ella miró a Leah. —Oh, con que eso es
lo que te pasa. —dijo acariciando mi mejilla duramente. Aparté la
cara y rió burlonamente. Ella se fue y le susurró algo a la rubia
de senos tamaño hipopótamo, yo no lo escuché, no pude.
Ella
se acercó a Leah y le dijo algo, ella abrió mucho los ojos y negó
con la cabeza. La mujer le dijo algo que yo no logré escuchar y Leah
tragó saliva, se levantó y vino hacia mí.
Miré
a las mujeres, quienes nos rodeaban de nuevo. ¿Qué iba a pasar
ahora? Tal vez me azotaran, tal vez me pegaran, tal vez...
Me
estremecí al pensarlo. Siempre había odiado la penetración anal.
Se
acercó más a mí y con su mano acarició mi abdomen, haciéndome
estremecer. No me resultaba repugnante, sino más bien placentero,
agradable.
Cerró
los ojos y acercó su rostro a mi cuello, tragué saliva y ella
plantó un beso ahí. Suspiré, no me esperaba eso, no me esperaba un
tacto agradable, sin dolor.
—No
me odies. —me susurró, su mano acarició mi abdomen y fue bajando,
acarició mi miembro y gemí. En ese momento sólo éramos ella y yo,
nadie más. Cerré los ojos, dejándome llevar por un extraño
camino, en el que no había dolor, s?lo placer, algo agradable.
Dejé
de sentir sus besos en el cuello y los sentí a lo largo de mi
abdomen, más abajo.
—Oh.
—gemí.
Sentía
su lengua moverse, produciéndome placer, haciéndome estremecer,
mantener los ojos cerrados, sin poder abrirlos debido a tanto placer.
Podía sentir que mi miembro ya estaba erecto, porque jamás había
sentido tanto placer.
Dejó
de lamer mi miembro y se separó de mí, dejándome momentáneamente
aturdido.
—Lo
siento. —repitió, dio un paso atrás y las demás se acercaron con
una sonrisa perversa dibujada en sus rostros.
—Así
que mi sobrinita te excita... —dijo la mujer de senos gigantes
negando con la cabeza y una sonrisa burlona.
—Gracias,
querida. —dijo la mujer de pelo rizado mirando a Leah.
Miré
a Leah, sin comprender, y ella me miró culpable. Luego bajó la
mirada y se fue, dejándome solo, rodeado de sombras sádicas.
[Okaaay, lamento no haber subido ayer, sorry, sorry, sorry, en serio. Vino una amiga a mi casa y no pude subir, pero os lo dejo aquí. Os lo recompensaré, jurado, pero no olvidéis el "+1", ¿sí? :c]


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