Autora: Sandra M.P.
NO COPYRIGHT.
Sus
ojos estaban fijos en los del otro, ella veía la súplica en sus
ojos brillantes, pero su cerebro seguía diciéndole que no a gritos,
que esto no acabaría bien. Él era demasiado inocente para ella,
sería un pecado llevarse su inocencia, ilusionarlo con un beso que
para ella no significaría nada.
—Por
favor. —susurró, al ver que hacía amago de separarse de él. Ni
siquiera pensó en esas palabras, simplemente lo dijo, porque
necesitaba que sus labios impactaran sobre los suyos. Por sus ojos
levemente oscurecidos le pareció ver un debate, se debatía
internamente, y él rezaba para que ganara el "sí".
—No puedo hacerte esto. —susurró ella separándose de él, soltando sus muñecas y dando un paso atrás. Él pestañeó y bajó la mirada, yendo de nuevo hacia la cama y sentándose. ¿Qué había de malo en un beso? ¿Un beso que deseaba más que nada? Pero entonces pensó que quizás ella no quería. Nadie quería, ¿por qué alguien querría, alguien como ella? —Zayn... —alzó la mirada levemente esperanzado, pero toda esa esperanza se esfumó al ver como ella sujetaba su hoja y su bolígrafo hacia él. Se levantó y agarró lo que le ofrecía, volviendo de nuevo a la cama. —¿Sabes hacerlo?
El ambiente estaba tenso después de lo sucedido, y ambos sabían que nada volvería a ser como antes. —No. —murmuró. Vio por el rabillo del ojo como se levantaba y vino hacia él.
—Bien, deja que te lo explique. —dijo ella.
***
Se había sentido incómodo en muchas ocasiones, pero tal vez esa era la que opacaba a todas las demás. Estaban a punto de terminar los deberes, y ella se iría a casa, terminando así con la incomodidad en el ambiente. Pero el problema era que él no quería que se fuera, porque quería tenerla más tiempo junto a él, quería a la chica que lo cogía en brazos y lo rodeaba con un brazo en el taxi, aquí y ahora. Y ella quería quedarse pero por motivos distintos: quería ver si él comía, claro que después de lo sucedido dudaba mucho que él quisiera que se quedara.
—Bueno, ya veo que lo has entendido todo. No era tan difícil, ¿no? —dijo ella recogiendo sus cosas.
—Ajá. —murmuró él, mirando como recogía sus cosas, mientras su cerebro estaba intentando procesar algo creíble, argumentar para que ella no se fuera. Se mordió los labios al escuchar el sonido de la cremallera de la mochila cerrarse, y ella se dio la vuelta.
—No puedo hacerte esto. —susurró ella separándose de él, soltando sus muñecas y dando un paso atrás. Él pestañeó y bajó la mirada, yendo de nuevo hacia la cama y sentándose. ¿Qué había de malo en un beso? ¿Un beso que deseaba más que nada? Pero entonces pensó que quizás ella no quería. Nadie quería, ¿por qué alguien querría, alguien como ella? —Zayn... —alzó la mirada levemente esperanzado, pero toda esa esperanza se esfumó al ver como ella sujetaba su hoja y su bolígrafo hacia él. Se levantó y agarró lo que le ofrecía, volviendo de nuevo a la cama. —¿Sabes hacerlo?
El ambiente estaba tenso después de lo sucedido, y ambos sabían que nada volvería a ser como antes. —No. —murmuró. Vio por el rabillo del ojo como se levantaba y vino hacia él.
—Bien, deja que te lo explique. —dijo ella.
***
Se había sentido incómodo en muchas ocasiones, pero tal vez esa era la que opacaba a todas las demás. Estaban a punto de terminar los deberes, y ella se iría a casa, terminando así con la incomodidad en el ambiente. Pero el problema era que él no quería que se fuera, porque quería tenerla más tiempo junto a él, quería a la chica que lo cogía en brazos y lo rodeaba con un brazo en el taxi, aquí y ahora. Y ella quería quedarse pero por motivos distintos: quería ver si él comía, claro que después de lo sucedido dudaba mucho que él quisiera que se quedara.
—Bueno, ya veo que lo has entendido todo. No era tan difícil, ¿no? —dijo ella recogiendo sus cosas.
—Ajá. —murmuró él, mirando como recogía sus cosas, mientras su cerebro estaba intentando procesar algo creíble, argumentar para que ella no se fuera. Se mordió los labios al escuchar el sonido de la cremallera de la mochila cerrarse, y ella se dio la vuelta.
—Bueno,
me voy a casa entonces. —dijo ella, y él se levantó asintiendo
con la cabeza. Mierda, mierda... ¡Piensa! Su cerebro de mentiroso se
veía incapaz de procesar nada... ¿Y para qué? Ahora que lo
pensaba. De todos modos, ella sabía cuándo mentía.
—Espera. —dijo mientras bajaban las escaleras, y ella paró y miró hacia arriba, tres escalones más abajo que él. Por una vez estaba más alto que ella. Estaba esperando, expectante a que él dijera algo, pero se había quedado sin aire. ¿En qué pensaba? —Quédate. —pidió él, más bien era una súplica. Ella lo miraba sin parpadear. Quería que se quedara, y ella también quería quedarse, pero tal vez fuera algo incómodo.
—¿Seguro? —dijo ella, para probar si se arrepentía. Él asintió con la cabeza, bastante convencido. Empezó a subir los escalones hasta él, y se escuchaba cada paso resonando en la casa, en silencio. O tal vez era que sus oídos se habían agudizado al verla venir hasta él, y se colocó en el mismo escalón, un espacio bastante reducido, y ella volvía a mirarlo desde arriba. —¿Por qué quieres que me quede? —preguntó, y él se sonrojó. En verdad, no lo sabía.
—N-no... No lo sé. —balbuceó, y volvió a ver una sonrisa asomarse de sus labios, una que reprimió sin pensarlo mucho. No dejaba ver sus emociones a menudo.
—Creo que será mejor que me vaya, es bastante incómodo después de lo que ha pasado. —dijo ella, y él negó con la cabeza rápidamente.
—No. —murmuró. —Está... Está bien, lo entiendo... Es... Ha sido una estupidez. —rió con nerviosismo y ella alzó una ceja. ¿Estupidez el qué?
—¿El qué? —preguntó ella.
—¿E-el qué de qué? —murmuró él, de pronto confundido.
—¿Qué ha sido una estupidez? —otra cosa que había dicho sin pensar. "El pensar que me besarías" habría sido la respuesta a eso, pero no iba a responderlo, y si no respondía con eso, mentiría, y si él mentía ella lo sabría.
—Prefiero no responder a eso. —murmuró avergonzado, y ella dio un asentimiento de cabeza.
—Como quieras. —dijo ella, dejando completamente el tema, lo cual él agradeció mentalmente. —¿Dónde nos quedamos? —preguntó, sin moverse del lugar. ¿Tan difícil era lanzarse? Él mismo podría haberlo hecho, sí, si supiera cómo se hace, pero no podía lanzarse y quedarse quieto, que era lo que pasaría, a parte de que no se atrevía.
—En mi cuarto. —respondió él, y ella asintió con la cabeza. Subió de nuevo, y él la siguió. Y ya estaban aquí de nuevo. La incomodidad permanecía ahí, y él tendría que hacer algo para que ésta se fuera. —¿Quieres hacer algo? —preguntó tímidamente, ella medio sonrió, un tanto pícara.
—¿Cómo debo tomarme esa pregunta exactamente? —preguntó, y un calor sofocante invadió sus mejillas. Obviamente, en el buen sentido, ningún otro sentido que resultara... Íntimo.
—Hum... No en el que piensas. —murmuró él sintiendo cómo el calor se dirigía ahí abajo. Maldita sea.
Ella sonrió y se sentó en su cama, ahora parecía cómoda, la tensión que antes invadía el aire ya no estaba. —Lo suponía. —respondió ella. —¿Tienes alguna propuesta? —preguntó, tumbándose en su cama tranquilamente, como si estuviera en su casa. No se lo tomó a mal.
—Pues... —él quería hacer preguntas, quería hacerle muchas preguntas, pero no quería incomodarla y mucho menos quería que sucediera como en Educación Física. —¿Jugamos a las diez preguntas? —probó suerte y ella alzó una ceja, aunque él no podía verlo. Se incorporó y lo miró.
—¿Las diez preguntas? —puede que el juego no estuviera mal del todo, pero no le agradaba hablar sobre su vida privada. —No me gusta responder a según qué tipo de preguntas. —respondió ella, y él mordió el interior de su mejilla. Ya. Lo sabía.
—Pues... Podemos pasar de pregunta si queremos. —dijo él, y ella asintió con la cabeza.
—Bien, juguemos entonces. —dijo ella moviéndose hacia delante para sentarse. —¿Quién empieza?
—Yo. —dijo él rápidamente, sin poder esconder su entusiasmo. Ella reprimió una sonrisa y simplemente asintió con la cabeza. Primera pregunta, quería preguntar... Demasiadas cosas.
—¿Y bien? —esperaba una pregunta, pero en su cabeza, todas las preguntas quisieron entrar por la puerta a la vez y quedaron atascadas en ésta. De un empujón, una salió.
—¿Por qué vives ahí, y dónde están tus padres? —preguntó él.
—Eso son dos preguntas. —dijo ella, y él se mordió los labios. Cierto.
—¿Por qué vives sola? —resumió.
—Me gusta vivir sola. —respondió secamente, y fue a abrir la boca para preguntar de nuevo, pero lo interrumpió. —¿Por qué Louis se mete contigo? —tragó saliva y bajó la mirada. Le avergonzaba el hecho de tener que responder a eso, porque era algo ridículo.
—Porque el primer día de... Instituto... Llevé una ropa que... No... No combinaba bien. —dijo, avergonzado y trabándose en las palabras. Ella frunció el ceño, bastante molesta. No podía creer que por algo así Louis lo tratara de ese modo, durante tanto tiempo. Era una estupidez.
—Ajá. —tuvo que fingir que le daba absolutamente igual, cuando claramente, no era así.
—¿Qué le hiciste a Louis? —preguntó él, y ella apretó la mandíbula.
—Le pegué. —respondió.
—Está en el hospital. —añadió Zayn antes de que ella formulara su respuesta y le impidiera continuar con la pregunta sin obtener lo que quería saber.
—Le pegué bastante fuerte. —añadió. —¿Y tus padres? —preguntó.
—Trabajando. —respondió Zayn. —¿Los tuyos? —preguntó, y se vio incómoda con la pregunta, pero se vio obligada a responder, puesto a que Zayn había respondido a la misma pregunta.
—Mi madre está muerta y mi padre en la cárcel. —respondió ella secamente. Zayn tuvo que parpadear, sorprendido.
—Lo siento. —murmuró incómodo.
—No es la gran cosa. —respondió ella encogiéndose de hombros. Llevaban dos preguntas, le quedaban ocho. —¿Estás comiendo últimamente? —preguntó, haciendo que un nudo se formara en su garganta.
—No. —respondió él como pudo, el nudo le estaba cortando la respiración.
—¿Por qué? —volvió a preguntar. Eso eran dos preguntas seguidas. Zayn negó con la cabeza, sintiendo como el nudo permanecía ahí.
—¿Por qué eres distinta dentro del instituto? —preguntó Zayn como pudo, y ella permaneció mirándolo, sus ojos estaban brillantes, y sabía que iba a romperse.
—No quiero que nada se interponga en mis estudios. —respondió secamente. —¿Por qué no comes?
Zayn tragó, intentando que el nudo se esfumara, pero lo único que consiguió fue que se quedara ahí, simplemente, no logró nada. —Falta de apetito. —mintió, y ella bufó, exasperada.
—¿No has aprendido que no puedes mentirme? —dijo, sobresaltándolo. Las lágrimas empezaron a salir, pareció como si solo necesitara una alteración, y fue lo único que necesitó para romperse. Suspiró y pareció calmarse.
—Sí. —hipó y giró la cabeza hacia otro lado, hacia la pared. No quería que le viera llorar, aunque lo hubiera visto antes en una situación como esta.
—¿Por qué? —siguió insistiendo seriamente, y él no respondió. Ella lo miraba fijamente, viendo las lágrimas resbalar por sus mejillas, mientras su cuerpo se movía a veces, sollozando silenciosamente. Cogió aire y puso la mano en su espalda, él no se movió, pero sus mejillas empezaron a tomar color. —¿Por qué? —su tono se suavizó, porque sabía que de otro modo no obtendría una respuesta, y no quería romperlo más de lo que ya estaba. Ella no quería llegar a esto.
—No estoy satisfecho con mi cuerpo. —dijo entre sollozos que no logró acallar. Ella frunció el ceño y se acercó más, moviendo la mano de su espalda a su mejilla y obligándolo a que la mirara, sin embargo, él giró la cabeza, pero sus pupilas miraban hacia abajo, lejos de su mirada verde intensa.
—Mírame. —dijo suavemente, y él en un parpadeo lo hizo, con los ojos brillantes. —¿Por qué no lo estás?
Rió sin ganas y se le escapó un sollozo al final. —¿No es obvio? Mira a los demás... Y mírame a mí. —dijo, tragando saliva. Su garganta dolía.
—No es obvio para mí. —dijo ella. Y no mentía. No había nada de malo en su cuerpo, nada que a ella le desagradara. Lo había visto, no era como los demás, no se parecía a ninguno de los que ella solía elegir, todos ellos estaban llenos de músculo, y él no. ¿Y qué? Por algún motivo, ella seguía viéndolo atractivo, y no se vería capaz de nombrar ni un solo defecto en él.
—Ellos... Ellos son musculosos... Listos... Algunos. —añadió poco después, con la voz quebrada. —Y seguros de sí mismos. —susurró.
—¿Y? —dijo ella, y él parpadeó, provocando que más lágrimas que estaban asomándose en sus ojos resbalaran finalmente. —Es un simple rasgo insignificante.
—Es bastante obvio lo que las chicas prefieren. —susurró, dolido. Ella negó con la cabeza, con decepción.
—No de donde yo vengo, te lo aseguro. —respondió con sinceridad. —De donde yo vengo, todos querrían tenerte. —murmuró, con cierto tono molesto. Él parpadeó. ¿Todo el mundo querría tenerlo? Seguramente ella era un alienígena entonces, porque desconocía ese lugar, y dudaba que estuviera hablando de aquel edificio mugriento donde fue atracado. En todo caso, querrían tener sus pertenencias, no a él.
—Espera. —dijo mientras bajaban las escaleras, y ella paró y miró hacia arriba, tres escalones más abajo que él. Por una vez estaba más alto que ella. Estaba esperando, expectante a que él dijera algo, pero se había quedado sin aire. ¿En qué pensaba? —Quédate. —pidió él, más bien era una súplica. Ella lo miraba sin parpadear. Quería que se quedara, y ella también quería quedarse, pero tal vez fuera algo incómodo.
—¿Seguro? —dijo ella, para probar si se arrepentía. Él asintió con la cabeza, bastante convencido. Empezó a subir los escalones hasta él, y se escuchaba cada paso resonando en la casa, en silencio. O tal vez era que sus oídos se habían agudizado al verla venir hasta él, y se colocó en el mismo escalón, un espacio bastante reducido, y ella volvía a mirarlo desde arriba. —¿Por qué quieres que me quede? —preguntó, y él se sonrojó. En verdad, no lo sabía.
—N-no... No lo sé. —balbuceó, y volvió a ver una sonrisa asomarse de sus labios, una que reprimió sin pensarlo mucho. No dejaba ver sus emociones a menudo.
—Creo que será mejor que me vaya, es bastante incómodo después de lo que ha pasado. —dijo ella, y él negó con la cabeza rápidamente.
—No. —murmuró. —Está... Está bien, lo entiendo... Es... Ha sido una estupidez. —rió con nerviosismo y ella alzó una ceja. ¿Estupidez el qué?
—¿El qué? —preguntó ella.
—¿E-el qué de qué? —murmuró él, de pronto confundido.
—¿Qué ha sido una estupidez? —otra cosa que había dicho sin pensar. "El pensar que me besarías" habría sido la respuesta a eso, pero no iba a responderlo, y si no respondía con eso, mentiría, y si él mentía ella lo sabría.
—Prefiero no responder a eso. —murmuró avergonzado, y ella dio un asentimiento de cabeza.
—Como quieras. —dijo ella, dejando completamente el tema, lo cual él agradeció mentalmente. —¿Dónde nos quedamos? —preguntó, sin moverse del lugar. ¿Tan difícil era lanzarse? Él mismo podría haberlo hecho, sí, si supiera cómo se hace, pero no podía lanzarse y quedarse quieto, que era lo que pasaría, a parte de que no se atrevía.
—En mi cuarto. —respondió él, y ella asintió con la cabeza. Subió de nuevo, y él la siguió. Y ya estaban aquí de nuevo. La incomodidad permanecía ahí, y él tendría que hacer algo para que ésta se fuera. —¿Quieres hacer algo? —preguntó tímidamente, ella medio sonrió, un tanto pícara.
—¿Cómo debo tomarme esa pregunta exactamente? —preguntó, y un calor sofocante invadió sus mejillas. Obviamente, en el buen sentido, ningún otro sentido que resultara... Íntimo.
—Hum... No en el que piensas. —murmuró él sintiendo cómo el calor se dirigía ahí abajo. Maldita sea.
Ella sonrió y se sentó en su cama, ahora parecía cómoda, la tensión que antes invadía el aire ya no estaba. —Lo suponía. —respondió ella. —¿Tienes alguna propuesta? —preguntó, tumbándose en su cama tranquilamente, como si estuviera en su casa. No se lo tomó a mal.
—Pues... —él quería hacer preguntas, quería hacerle muchas preguntas, pero no quería incomodarla y mucho menos quería que sucediera como en Educación Física. —¿Jugamos a las diez preguntas? —probó suerte y ella alzó una ceja, aunque él no podía verlo. Se incorporó y lo miró.
—¿Las diez preguntas? —puede que el juego no estuviera mal del todo, pero no le agradaba hablar sobre su vida privada. —No me gusta responder a según qué tipo de preguntas. —respondió ella, y él mordió el interior de su mejilla. Ya. Lo sabía.
—Pues... Podemos pasar de pregunta si queremos. —dijo él, y ella asintió con la cabeza.
—Bien, juguemos entonces. —dijo ella moviéndose hacia delante para sentarse. —¿Quién empieza?
—Yo. —dijo él rápidamente, sin poder esconder su entusiasmo. Ella reprimió una sonrisa y simplemente asintió con la cabeza. Primera pregunta, quería preguntar... Demasiadas cosas.
—¿Y bien? —esperaba una pregunta, pero en su cabeza, todas las preguntas quisieron entrar por la puerta a la vez y quedaron atascadas en ésta. De un empujón, una salió.
—¿Por qué vives ahí, y dónde están tus padres? —preguntó él.
—Eso son dos preguntas. —dijo ella, y él se mordió los labios. Cierto.
—¿Por qué vives sola? —resumió.
—Me gusta vivir sola. —respondió secamente, y fue a abrir la boca para preguntar de nuevo, pero lo interrumpió. —¿Por qué Louis se mete contigo? —tragó saliva y bajó la mirada. Le avergonzaba el hecho de tener que responder a eso, porque era algo ridículo.
—Porque el primer día de... Instituto... Llevé una ropa que... No... No combinaba bien. —dijo, avergonzado y trabándose en las palabras. Ella frunció el ceño, bastante molesta. No podía creer que por algo así Louis lo tratara de ese modo, durante tanto tiempo. Era una estupidez.
—Ajá. —tuvo que fingir que le daba absolutamente igual, cuando claramente, no era así.
—¿Qué le hiciste a Louis? —preguntó él, y ella apretó la mandíbula.
—Le pegué. —respondió.
—Está en el hospital. —añadió Zayn antes de que ella formulara su respuesta y le impidiera continuar con la pregunta sin obtener lo que quería saber.
—Le pegué bastante fuerte. —añadió. —¿Y tus padres? —preguntó.
—Trabajando. —respondió Zayn. —¿Los tuyos? —preguntó, y se vio incómoda con la pregunta, pero se vio obligada a responder, puesto a que Zayn había respondido a la misma pregunta.
—Mi madre está muerta y mi padre en la cárcel. —respondió ella secamente. Zayn tuvo que parpadear, sorprendido.
—Lo siento. —murmuró incómodo.
—No es la gran cosa. —respondió ella encogiéndose de hombros. Llevaban dos preguntas, le quedaban ocho. —¿Estás comiendo últimamente? —preguntó, haciendo que un nudo se formara en su garganta.
—No. —respondió él como pudo, el nudo le estaba cortando la respiración.
—¿Por qué? —volvió a preguntar. Eso eran dos preguntas seguidas. Zayn negó con la cabeza, sintiendo como el nudo permanecía ahí.
—¿Por qué eres distinta dentro del instituto? —preguntó Zayn como pudo, y ella permaneció mirándolo, sus ojos estaban brillantes, y sabía que iba a romperse.
—No quiero que nada se interponga en mis estudios. —respondió secamente. —¿Por qué no comes?
Zayn tragó, intentando que el nudo se esfumara, pero lo único que consiguió fue que se quedara ahí, simplemente, no logró nada. —Falta de apetito. —mintió, y ella bufó, exasperada.
—¿No has aprendido que no puedes mentirme? —dijo, sobresaltándolo. Las lágrimas empezaron a salir, pareció como si solo necesitara una alteración, y fue lo único que necesitó para romperse. Suspiró y pareció calmarse.
—Sí. —hipó y giró la cabeza hacia otro lado, hacia la pared. No quería que le viera llorar, aunque lo hubiera visto antes en una situación como esta.
—¿Por qué? —siguió insistiendo seriamente, y él no respondió. Ella lo miraba fijamente, viendo las lágrimas resbalar por sus mejillas, mientras su cuerpo se movía a veces, sollozando silenciosamente. Cogió aire y puso la mano en su espalda, él no se movió, pero sus mejillas empezaron a tomar color. —¿Por qué? —su tono se suavizó, porque sabía que de otro modo no obtendría una respuesta, y no quería romperlo más de lo que ya estaba. Ella no quería llegar a esto.
—No estoy satisfecho con mi cuerpo. —dijo entre sollozos que no logró acallar. Ella frunció el ceño y se acercó más, moviendo la mano de su espalda a su mejilla y obligándolo a que la mirara, sin embargo, él giró la cabeza, pero sus pupilas miraban hacia abajo, lejos de su mirada verde intensa.
—Mírame. —dijo suavemente, y él en un parpadeo lo hizo, con los ojos brillantes. —¿Por qué no lo estás?
Rió sin ganas y se le escapó un sollozo al final. —¿No es obvio? Mira a los demás... Y mírame a mí. —dijo, tragando saliva. Su garganta dolía.
—No es obvio para mí. —dijo ella. Y no mentía. No había nada de malo en su cuerpo, nada que a ella le desagradara. Lo había visto, no era como los demás, no se parecía a ninguno de los que ella solía elegir, todos ellos estaban llenos de músculo, y él no. ¿Y qué? Por algún motivo, ella seguía viéndolo atractivo, y no se vería capaz de nombrar ni un solo defecto en él.
—Ellos... Ellos son musculosos... Listos... Algunos. —añadió poco después, con la voz quebrada. —Y seguros de sí mismos. —susurró.
—¿Y? —dijo ella, y él parpadeó, provocando que más lágrimas que estaban asomándose en sus ojos resbalaran finalmente. —Es un simple rasgo insignificante.
—Es bastante obvio lo que las chicas prefieren. —susurró, dolido. Ella negó con la cabeza, con decepción.
—No de donde yo vengo, te lo aseguro. —respondió con sinceridad. —De donde yo vengo, todos querrían tenerte. —murmuró, con cierto tono molesto. Él parpadeó. ¿Todo el mundo querría tenerlo? Seguramente ella era un alienígena entonces, porque desconocía ese lugar, y dudaba que estuviera hablando de aquel edificio mugriento donde fue atracado. En todo caso, querrían tener sus pertenencias, no a él.
—¿Por
qué? —preguntó, en su cabeza no lograba suponer ni un solo motivo
del por qué alguien se fijaría en él.
—Porque buscan lo distinto, exótico. De donde yo vengo, todos son... Mala gente, tú serías un angelito dentro de un infierno. —dijo ella, y él se estremeció. ¿Infierno? ¿Angelito? ¿Y ella qué sería dentro de ese infierno?
—¿Y tú qué serías dentro de ese infierno? —murmuró. Ahora había dejado de llorar, estaba más tranquilo. Las cinco preguntas sobrantes se habían ido a tomar por saco, aunque ahora estaban haciendo preguntas, y estaba seguro de que no seguían dentro del juego.
Sonrió de lado, y no pareció muy feliz con su respuesta. —Amiga íntima de Satanás. —murmuró, y él tragó saliva.
—¿Por qué? —preguntó, queriendo saberlo. Necesitaba saberlo. Necesitaba saber por qué le temía todo el mundo.
—Porque conozco a Satanás desde antes de que fuera el rey del infierno, y jamás dejó de ser amigo mío. —respondió ella.
—¿Y por qué describes así ese lugar? Es... Es tu casa. —dijo él. Sabía que no era un lugar agradable, pero quería saber su respuesta.
Sonrió de lado. —No lo sería si tuviera más dinero. —respondió ella, aunque no fuera del todo la verdad. Le faltaba bastante jugo a aquella respuesta. —¿Y de qué trabajan tus padres?
—Cosas de empresa, casi nunca están en casa. —murmuró él.
—¿Los echas de menos? —preguntó, y él esbozó una pequeña sonrisa y asintió con la cabeza.
—Mucho. —admitió. —¿Tú no echas de menos a tus padres? —preguntó.
—No. —negó, seriamente, y él parpadeó. Tal vez la relación entre ellos no fuera muy buena. —¿Estuvieron contigo en todos los acontecimientos importantes? —tragó saliva, aquello había abierto una cicatriz a medio sanar.
—No. —murmuró. —Han... Faltado a unos cuantos de mis cumpleaños. —admitió tristemente.
—¿Estarán aquí por Navidad? —preguntó ella, y él se quedó quieto, pero finalmente negó con la cabeza.
—No lo creo. —respondió, siendo totalmente sincero. No tenía fe de que pasaran las Navidades con él este año.
—Porque buscan lo distinto, exótico. De donde yo vengo, todos son... Mala gente, tú serías un angelito dentro de un infierno. —dijo ella, y él se estremeció. ¿Infierno? ¿Angelito? ¿Y ella qué sería dentro de ese infierno?
—¿Y tú qué serías dentro de ese infierno? —murmuró. Ahora había dejado de llorar, estaba más tranquilo. Las cinco preguntas sobrantes se habían ido a tomar por saco, aunque ahora estaban haciendo preguntas, y estaba seguro de que no seguían dentro del juego.
Sonrió de lado, y no pareció muy feliz con su respuesta. —Amiga íntima de Satanás. —murmuró, y él tragó saliva.
—¿Por qué? —preguntó, queriendo saberlo. Necesitaba saberlo. Necesitaba saber por qué le temía todo el mundo.
—Porque conozco a Satanás desde antes de que fuera el rey del infierno, y jamás dejó de ser amigo mío. —respondió ella.
—¿Y por qué describes así ese lugar? Es... Es tu casa. —dijo él. Sabía que no era un lugar agradable, pero quería saber su respuesta.
Sonrió de lado. —No lo sería si tuviera más dinero. —respondió ella, aunque no fuera del todo la verdad. Le faltaba bastante jugo a aquella respuesta. —¿Y de qué trabajan tus padres?
—Cosas de empresa, casi nunca están en casa. —murmuró él.
—¿Los echas de menos? —preguntó, y él esbozó una pequeña sonrisa y asintió con la cabeza.
—Mucho. —admitió. —¿Tú no echas de menos a tus padres? —preguntó.
—No. —negó, seriamente, y él parpadeó. Tal vez la relación entre ellos no fuera muy buena. —¿Estuvieron contigo en todos los acontecimientos importantes? —tragó saliva, aquello había abierto una cicatriz a medio sanar.
—No. —murmuró. —Han... Faltado a unos cuantos de mis cumpleaños. —admitió tristemente.
—¿Estarán aquí por Navidad? —preguntó ella, y él se quedó quieto, pero finalmente negó con la cabeza.
—No lo creo. —respondió, siendo totalmente sincero. No tenía fe de que pasaran las Navidades con él este año.
—Bien,
te queda una pregunta, piensa antes de formularla. —dijo, y él
abrió la boca, sorprendido.
—¿Qué? —articuló. —Yo... Pensaba que habíamos dejado de jugar. —ella negó con la cabeza. Una pregunta... Ella había estado contando las preguntas todo este rato. Sabía lo que quería preguntar, y tomando un poco de aire, formuló la pregunta. —¿Por qué no me besaste?
[¡Hey baes! "+6, supuse que sí que queríais maratón, así que, ¿qué os parece "+5" y subo otro capi?]
—¿Qué? —articuló. —Yo... Pensaba que habíamos dejado de jugar. —ella negó con la cabeza. Una pregunta... Ella había estado contando las preguntas todo este rato. Sabía lo que quería preguntar, y tomando un poco de aire, formuló la pregunta. —¿Por qué no me besaste?
[¡Hey baes! "+6, supuse que sí que queríais maratón, así que, ¿qué os parece "+5" y subo otro capi?]


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