Autora: Sandra M.P.
NO COPYRIGHT.
Colocó
las manos sobre sus mejillas y lo frenó, dejándolo con las mejillas
ardiendo y confundido. ¿Había hecho algo mal? Él pensó que estaba
bien, la había besado como ella... O al menos, eso creía. —¿Qué
pasa? —murmuró, confundido y levemente nervioso.
—No
quiero ensuciarte más de lo que he hecho ya. —murmuró ella, y él
frunció el ceño, más confundido aún. ¿Qué? Ella lo sabía, él
no lo comprendía.
—¿Qué? —murmuró él, y ella suspiró. No sabía cómo lo había hecho para controlarse, cuando realmente quería, cuando su cerebro solía mandar siempre, y esta vez había perdido la batalla. Zayn se encontraba confundido. ¿Era por él? ¿Por ella? ¿A qué quería referirse con eso? Algo le hizo pensar que quizás, ella no quería, pero después pensó: Ella empezó primero. Ella se mordió los labios. No quería ensuciarlo, no debía... No podía hacerle eso a él, daba igual que él soñara con ella, daba igual, ella no debía ceder... No. Además de que sabía cómo terminaría todo, de hecho, tal vez estaba haciéndolo mal desde un principio, desde la primera vez que unió sus labios, y ahora no podía resistirse a hacerlo. Él acabaría herido, ella acabaría rompiéndole el corazón... ¿Y si se enamoraba de ella? Ella jamás podría corresponderle. Zayn seguía esperando una respuesta, algo, algo que le indicara su estado de ánimo.
—No quiero hacerte daño. —murmuró. —Dije que no te haría daño. —añadió, y Zayn dejó de hacer fuerza con las piernas, dejándolas a sus costados.
—¿Por qué ibas a hacerme daño? —preguntó. Era un beso, sólo... Sólo lo estaba besando, tal vez un poco más intenso, pero a él le había gustado, se había sentido bien, sólo con ganas de más.
—Zayn, eres virgen. —le dijo, y él se sonrojó. ¿Eso era un problema?
—Y-ya. —murmuró. —¿Está mal? —preguntó, un tanto apenado. Quizás ella prefería estar con chicos que tuvieran experiencia a la hora de hacerlo, pero él no la tenía, de hecho, todavía no sabía si estaba listo para hacerlo o no.
—¿Qué? No, claro que no. —dijo ella, con cierta alarma en la voz, como si hubiera dicho una salvajada. Se mordió la lengua. ¿Qué explicación debía darle? Él no era para ella, no estaba a su alcance, ella pertenecía a otro mundo, mientras que él venía del cielo. Su cerebro quería ensuciarlo, arrastrarlo, pero ella se negaba, no quería, no lo haría. No debía. Pero la pregunta era: ¿Por qué de repente pensaba así? Toda su vida se había dedicado a arrastrar a gente al infierno, y esta vez era distinto. Volvió a preguntarse: ¿Qué ha cambiado? Y la respuesta seguía siendo la misma: Ella había cambiado. —Pero no quiero ser tu primera vez. —dijo. Aquellas palabras no sonaron tan bien como ella pensó, al parecer. El corazón de Zayn recibió otro golpe y parpadeó varias veces, aturdido. Él no pensaba en tener sexo con ella, o al menos, no aún, claro que no le habían sentado bien aquellas palabras.
Tragó saliva. —Vale. —dijo, y ella palpó el dolor en su voz. Dio un paso atrás al ver que se disponía a bajar y él bajó y pasó por su lado, claro que ella se movió para dejarlo pasar. ¿Había dicho algo malo?
—Zayn. —lo llamó, pero él salió de la cocina sin responder. Salió al salón y se lo encontró sentado en el sofá, con el mando de la televisión en sus manos.
—¿Qué? —murmuró, sin mirarla.
—Eso mismo me pregunto yo, ¿ahora qué? —dijo ella sentándose junto a él, mirándolo fijamente.
—Nada. —mintió. Ella suspiró y fue a colocar la mano sobre su mejilla, pero se apartó.
—No me mientas. —dijo, dejando la mano sobre su regazo, ya que él parecía no querer contacto.
—Que no era mi intención hacer algo contigo, no quería perder mi virginidad, no me ha sentado bien que dijeras eso. —respondió él, fue frío, y aquello la sorprendió.
—¿El qué? —preguntó ella, sin saber a qué se refería con aquello.
—Que no querías ser mi primera vez. —admitió, con aquel rubor en las mejillas. —No me sentó bien, vale que no quieras serlo, pero no tenías por qué decirlo de ese modo.
Ella frunció el ceño. Su tono fue suave, por lo cual no sabía cuál era el problema. —¿Y cómo querías que lo dijera? —dijo ella.
—Simplemente que no me lo dijeras, ¿vale? —dijo, fue entonces cuando percibió que estaba disfrazando su tristeza con enfado, porque al pronunciar la última palabra de aquella oración su voz se quebró. Ella simplemente no comprendía qué había de malo en aquello, claro que luego comprendió que tal vez, a sus oídos, había adoptado una forma completamente distinta a su cabeza.
—Zayn, con eso no quería decir que no quisiera tener nada contigo. —dijo ella, pero él permaneció mirando la televisión, y no hacía amago de mirarla en ningún momento. —Zayn. —lo llamó. La ignoró. La ignoró, sí, lo hizo. Dios, había dejado su maldito orgullo de lado por él, cuando jamás lo había hecho por nadie. ¿Pretendía que se arrastrara? Pues no, no lo haría. Él no era nadie para hacer esto, nadie. —Bien. —se levantó y subió las escaleras, Zayn se giró para verla y se quedó estático.
Ella agarró sus cosas y las guardó en la maleta con rapidez, cogió su chaqueta, se la puso y después se colgó la mochila a la espalda. Daba igual que le rogara aunque fuera de rodillas, ella se iría. ¿Estúpido, no? Fue una simple pelea estúpida, pero es que toda persona tenía un límite, y ella no estaba dispuesta a romper el orgullo, ni por él ni por nadie... No otra vez. Bajó las escaleras y Zayn ya miraba en su dirección, vio un brillo en sus ojos y se levantó, él no quería que se fuera.
—¿Dónde vas? —preguntó, alarmado.
—A mi casa, Zayn, me voy a mi casa. —respondió ella pasando por su lado. Él se giró y la siguió, la cogió del brazo y ésta frenó.
—No te vayas. —pidió, y ella apretó los dientes, se zafó y se dio la vuelta, encontrándose con aquella mirada de ojos miel, brillando con miedo. —Por favor. —añadió.
—He dicho que me voy. —dijo, su tono demostraba que no cambiaría de opinión, y también logró helarle los huesos. Zayn parpadeó varias veces, dándose cuenta de la manera en la que la tortilla se había girado repentinamente. Y sin darse cuenta, ella ya se había ido dando un portazo.
***
Llegó al edificio después de haber llamado a un taxi, llevaba dinero de sobra encima, por si las moscas. Hizo bien en traerlo, y desde un principio supo que acabaría viniendo antes de tiempo. Cruzó las puertas de cristal y lo primero que divisó fue una melena rubia, entrando en el ascensor junto a otra figura un tanto obesa, y después miró a recepción. Frunció el ceño al ver que Clark no estaba durmiendo en el mostrador como lo hacía siempre, es más, ni siquiera estaba ahí. Recordó la figura que acompañaba a Nancy y rió. Qué bajo había caído, supongo que no fue capaz de pagar el alquiler, y por lo tanto, tendría que hacer un trabajo extra. Hizo una mueca de asco al imaginarse la escena, Nancy estaba realmente desesperada, pero supongo que era su culpa por haber venido desesperada a por cocaína. Como podía imaginarse, no le dejaría pasar ni un soo céntimo, y mucho menos siendo ella.
Anduvo hasta el ascensor y pulsó el botón, supuso que ya estarían en su habitación haciendo una labor, ella se reía internamente ante la desesperación de su hermanastra, aquella persona a la que odiaba sobre todas las cosas. Ella tenía la culpa de que su vida fuera así, su llegada había sido el pago de un billete suyo al Infierno, y por lo tanto, ella, como amiga Satán, se encargaría de hacer de su vida, un infierno. Se metió en el ascensor y pulsó el botón de su planta, aquella mancha blanca que siempre solía estar en el cristal seguía ahí, pese a que Clark seguro que la había visto. Las puertas se abrieron de nuevo y ella anduvo a paso tranquilo hasta su habitación, abrió la puerta con sus llaves y entró, cerrándola por completo.
Fue hasta el sofá y se tumbó, cruzando las piernas y fijando la vista al techo. Frunció el ceño. ¿Por qué había un chicle ahí? Puso los ojos en blanco.
—Tía, fijo que si escupo el chicle ahí se queda pegado. —dijo Austin tumbado en el sofá, mirando hacia arriba.
—¿Quieres dejar de hacer el imbécil? —dijo ella rodando los ojos mientras intentaba conectar los cables de la Play que Austin había traído. Acababa de tener una pelea con su amante, una mujer casada y rica, vivía con ella, hasta que su marido llego y empezó el problema, por eso mismo ahora él estaba ahí.
—Ah. —se quejó, y ella se dio la vuelta.
—¿Qué? —preguntó.
—Se me ha caído en el ojo. —gruñó, refiriéndose al chicle. Ella bufó y siguió conectando los cables.
Al final sí que acabó llegando al techo. La próxima vez que viniera se lo haría limpiar, estaba segura de ello. No importaba que fuera su jefe, porque en cuanto sus planes fallaran con Tania, vendría aquí, y normalmente duraban una semana, o dos, como mucho. Siempre mujeres casadas, a él le gustaba lo temerario y lo prohibido. Claro que también lo "exquisito", según él. Todas las mujeres con las que había estado estaban casadas y eran jóvenes, de veinte a treinta años, y no pasaba de esa edad.
Escuchó un estruendo, por lo que supuso que serían Nancy y Clark, pero en lugar de ir seguido de un gemido, fue seguido de un chillido, y ella se levantó de golpe. Escuchó el sonido de un disparo y ella corrió a su habitación, levantó el colchón y agarró el arma y las balas, se las puso y escondió el arma en su chaqueta de cuero, la cual no se había quitado todavía.
Estaba segura de que aquellos sollozos eran de mujer, una mujer asustada. —Por favor, por favor, no me hagas daño. —sollozó fuertemente. La única autoridad de aquel edificio era ella, así que salió y vio, en el pasillo, una chica en el suelo y de rodillas.
—¡Puta zorra, lo sabía, lo sabía! —gritó el hombre, y ella frunció el ceño observando la escena. —¡Crees que puedes engañarme? ¡A mí? —le gritó, y la mujer sollozó más fuerte. Conocía a todas las personas de aquel edificio, la mujer que estaba en el suelo era Mafalda, y vivía en el piso de arriba, por lo cual supuso que venía de un encuentro con un caballero, pero al hombre que apuntaba el arma no lo conocía. Ella sólo sollozaba, sin decir nada. Por lo que sabía, había salido con diversos hombres, y todos aquellos hombres la habían maltratado, humillado y violado. Había sufrido maltrato de género en cada una de sus relaciones, y eso ya era tener muy mala suerte. Supuso en seguida que este también sería un maltratador, y ella odiaba a esa clase de personas, ya que, gracias a esa clase de personas, había perdido a una amiga muy importante para ella, su única amiga. Madison Miller era una chica llena de alegría, un día se enamoró, se casaron al poco tiempo, Noa jamás llegó a confiar en aquel hombre, unos meses después notó un cambio repentino en Madison, tanto físico como psicológico, ella estaba muy delgada, demasiado. Dado a que llevaban dos meses sin hablar y sin verse, porque ella estaba ocupada y Madison también, no pudieron verse, y el día en el que lo hicieron, Madison le contó que él la maltrataba y que ella se sentía en depresión, no comía y su estómago no admitía comida, todo lo que ella ingería era devuelto al exterior, y como el daño llegaba a ser tanto también se cortaba, y un día todo explotó, fue demasiado que soportar para su cuerpo y su corazón, y la perdió. Madison llegó a ser como una hermana para ella, y se la arrebataron, a ella, a su única familia y amiga. Años más tarde se reencontró con Austin, era un chico con el que fue al colegio, dejaron de hablarse y por razones del destino volvieron a encontrarse. Austin le enseñó que la venganza era dulce, y que lo prohibido te hacía sentir la adrenalina en tu cuerpo, la arrastró al infierno, claro que para ese entonces, ella no lo sabía. Noa se encargó de acabar con el hombre que hizo que su amiga se quitara la vida y Austin de eliminar las pruebas, había ensuciado a Noa, y ella, siguiendo a su maestro, iba arrastrando almas al infierno, una por una.
—¡Suéltame! —chilló la mujer. No había nadie más que ella en aquel pasillo, y al parecer estaba pasando desapercibida, ya que no se percataron de su presencia. Nadie saldría a ayudarla, porque a nadie le importaba, pero ella no permitiría un solo maltrato más frente a sus ojos.
Apuntó y disparó, el hombre cayó al suelo y la mujer chilló, asustada. Ella se acercaba a paso tranquilo, mientras guardaba el arma en su chaqueta. Mafalda la miraba con el rostro lleno de lágrimas y el maquillaje corrido. —Ya no volverá a molestarte. —dijo ella, y la mujer sollozó, y miró el cadáver. Alzó la mano temblorosa, queriendo tocar el cadáver, pero siendo incapaz de hacerlo. Apartó la vista y sollozó. —De quererte, no te habría hecho daño. —dijo, y la mujer asintió con la cabeza. —Supongo que lo sabes por experiencia, ¿no?
Pasó por su lado dando una zancada al pasar por encima del cadáver. Se encargarían de recogerlo, pero como aquí no había ley, acabarían arrojándolo en un contenedor de basura, al mar o a un lugar desolado, nadie se encargaría de identificar al muerto, ni de buscarlo, porque morir ahí, era desaparecer del mapa por completo. Nadie, jamás, te buscaría.
[Bueeeno baes, por aquí llueve y cada dos por tres la corriente se va a tomar por culo, por lo qu el wifi es inestable, y pues no tardará mucho en irse la luz, so... Buah. A parte de eso, hoy he hecho las recuperaciones y cruzo los dedos para aprobar. Bueno, espero que os haya gustado el capi y... No os olvidéis el +1, subiré el próximo cuando llegemos a más de "+10", ¿oki? (Y cuando tenga internet, muy importante) xx.
—¿Qué? —murmuró él, y ella suspiró. No sabía cómo lo había hecho para controlarse, cuando realmente quería, cuando su cerebro solía mandar siempre, y esta vez había perdido la batalla. Zayn se encontraba confundido. ¿Era por él? ¿Por ella? ¿A qué quería referirse con eso? Algo le hizo pensar que quizás, ella no quería, pero después pensó: Ella empezó primero. Ella se mordió los labios. No quería ensuciarlo, no debía... No podía hacerle eso a él, daba igual que él soñara con ella, daba igual, ella no debía ceder... No. Además de que sabía cómo terminaría todo, de hecho, tal vez estaba haciéndolo mal desde un principio, desde la primera vez que unió sus labios, y ahora no podía resistirse a hacerlo. Él acabaría herido, ella acabaría rompiéndole el corazón... ¿Y si se enamoraba de ella? Ella jamás podría corresponderle. Zayn seguía esperando una respuesta, algo, algo que le indicara su estado de ánimo.
—No quiero hacerte daño. —murmuró. —Dije que no te haría daño. —añadió, y Zayn dejó de hacer fuerza con las piernas, dejándolas a sus costados.
—¿Por qué ibas a hacerme daño? —preguntó. Era un beso, sólo... Sólo lo estaba besando, tal vez un poco más intenso, pero a él le había gustado, se había sentido bien, sólo con ganas de más.
—Zayn, eres virgen. —le dijo, y él se sonrojó. ¿Eso era un problema?
—Y-ya. —murmuró. —¿Está mal? —preguntó, un tanto apenado. Quizás ella prefería estar con chicos que tuvieran experiencia a la hora de hacerlo, pero él no la tenía, de hecho, todavía no sabía si estaba listo para hacerlo o no.
—¿Qué? No, claro que no. —dijo ella, con cierta alarma en la voz, como si hubiera dicho una salvajada. Se mordió la lengua. ¿Qué explicación debía darle? Él no era para ella, no estaba a su alcance, ella pertenecía a otro mundo, mientras que él venía del cielo. Su cerebro quería ensuciarlo, arrastrarlo, pero ella se negaba, no quería, no lo haría. No debía. Pero la pregunta era: ¿Por qué de repente pensaba así? Toda su vida se había dedicado a arrastrar a gente al infierno, y esta vez era distinto. Volvió a preguntarse: ¿Qué ha cambiado? Y la respuesta seguía siendo la misma: Ella había cambiado. —Pero no quiero ser tu primera vez. —dijo. Aquellas palabras no sonaron tan bien como ella pensó, al parecer. El corazón de Zayn recibió otro golpe y parpadeó varias veces, aturdido. Él no pensaba en tener sexo con ella, o al menos, no aún, claro que no le habían sentado bien aquellas palabras.
Tragó saliva. —Vale. —dijo, y ella palpó el dolor en su voz. Dio un paso atrás al ver que se disponía a bajar y él bajó y pasó por su lado, claro que ella se movió para dejarlo pasar. ¿Había dicho algo malo?
—Zayn. —lo llamó, pero él salió de la cocina sin responder. Salió al salón y se lo encontró sentado en el sofá, con el mando de la televisión en sus manos.
—¿Qué? —murmuró, sin mirarla.
—Eso mismo me pregunto yo, ¿ahora qué? —dijo ella sentándose junto a él, mirándolo fijamente.
—Nada. —mintió. Ella suspiró y fue a colocar la mano sobre su mejilla, pero se apartó.
—No me mientas. —dijo, dejando la mano sobre su regazo, ya que él parecía no querer contacto.
—Que no era mi intención hacer algo contigo, no quería perder mi virginidad, no me ha sentado bien que dijeras eso. —respondió él, fue frío, y aquello la sorprendió.
—¿El qué? —preguntó ella, sin saber a qué se refería con aquello.
—Que no querías ser mi primera vez. —admitió, con aquel rubor en las mejillas. —No me sentó bien, vale que no quieras serlo, pero no tenías por qué decirlo de ese modo.
Ella frunció el ceño. Su tono fue suave, por lo cual no sabía cuál era el problema. —¿Y cómo querías que lo dijera? —dijo ella.
—Simplemente que no me lo dijeras, ¿vale? —dijo, fue entonces cuando percibió que estaba disfrazando su tristeza con enfado, porque al pronunciar la última palabra de aquella oración su voz se quebró. Ella simplemente no comprendía qué había de malo en aquello, claro que luego comprendió que tal vez, a sus oídos, había adoptado una forma completamente distinta a su cabeza.
—Zayn, con eso no quería decir que no quisiera tener nada contigo. —dijo ella, pero él permaneció mirando la televisión, y no hacía amago de mirarla en ningún momento. —Zayn. —lo llamó. La ignoró. La ignoró, sí, lo hizo. Dios, había dejado su maldito orgullo de lado por él, cuando jamás lo había hecho por nadie. ¿Pretendía que se arrastrara? Pues no, no lo haría. Él no era nadie para hacer esto, nadie. —Bien. —se levantó y subió las escaleras, Zayn se giró para verla y se quedó estático.
Ella agarró sus cosas y las guardó en la maleta con rapidez, cogió su chaqueta, se la puso y después se colgó la mochila a la espalda. Daba igual que le rogara aunque fuera de rodillas, ella se iría. ¿Estúpido, no? Fue una simple pelea estúpida, pero es que toda persona tenía un límite, y ella no estaba dispuesta a romper el orgullo, ni por él ni por nadie... No otra vez. Bajó las escaleras y Zayn ya miraba en su dirección, vio un brillo en sus ojos y se levantó, él no quería que se fuera.
—¿Dónde vas? —preguntó, alarmado.
—A mi casa, Zayn, me voy a mi casa. —respondió ella pasando por su lado. Él se giró y la siguió, la cogió del brazo y ésta frenó.
—No te vayas. —pidió, y ella apretó los dientes, se zafó y se dio la vuelta, encontrándose con aquella mirada de ojos miel, brillando con miedo. —Por favor. —añadió.
—He dicho que me voy. —dijo, su tono demostraba que no cambiaría de opinión, y también logró helarle los huesos. Zayn parpadeó varias veces, dándose cuenta de la manera en la que la tortilla se había girado repentinamente. Y sin darse cuenta, ella ya se había ido dando un portazo.
***
Llegó al edificio después de haber llamado a un taxi, llevaba dinero de sobra encima, por si las moscas. Hizo bien en traerlo, y desde un principio supo que acabaría viniendo antes de tiempo. Cruzó las puertas de cristal y lo primero que divisó fue una melena rubia, entrando en el ascensor junto a otra figura un tanto obesa, y después miró a recepción. Frunció el ceño al ver que Clark no estaba durmiendo en el mostrador como lo hacía siempre, es más, ni siquiera estaba ahí. Recordó la figura que acompañaba a Nancy y rió. Qué bajo había caído, supongo que no fue capaz de pagar el alquiler, y por lo tanto, tendría que hacer un trabajo extra. Hizo una mueca de asco al imaginarse la escena, Nancy estaba realmente desesperada, pero supongo que era su culpa por haber venido desesperada a por cocaína. Como podía imaginarse, no le dejaría pasar ni un soo céntimo, y mucho menos siendo ella.
Anduvo hasta el ascensor y pulsó el botón, supuso que ya estarían en su habitación haciendo una labor, ella se reía internamente ante la desesperación de su hermanastra, aquella persona a la que odiaba sobre todas las cosas. Ella tenía la culpa de que su vida fuera así, su llegada había sido el pago de un billete suyo al Infierno, y por lo tanto, ella, como amiga Satán, se encargaría de hacer de su vida, un infierno. Se metió en el ascensor y pulsó el botón de su planta, aquella mancha blanca que siempre solía estar en el cristal seguía ahí, pese a que Clark seguro que la había visto. Las puertas se abrieron de nuevo y ella anduvo a paso tranquilo hasta su habitación, abrió la puerta con sus llaves y entró, cerrándola por completo.
Fue hasta el sofá y se tumbó, cruzando las piernas y fijando la vista al techo. Frunció el ceño. ¿Por qué había un chicle ahí? Puso los ojos en blanco.
—Tía, fijo que si escupo el chicle ahí se queda pegado. —dijo Austin tumbado en el sofá, mirando hacia arriba.
—¿Quieres dejar de hacer el imbécil? —dijo ella rodando los ojos mientras intentaba conectar los cables de la Play que Austin había traído. Acababa de tener una pelea con su amante, una mujer casada y rica, vivía con ella, hasta que su marido llego y empezó el problema, por eso mismo ahora él estaba ahí.
—Ah. —se quejó, y ella se dio la vuelta.
—¿Qué? —preguntó.
—Se me ha caído en el ojo. —gruñó, refiriéndose al chicle. Ella bufó y siguió conectando los cables.
Al final sí que acabó llegando al techo. La próxima vez que viniera se lo haría limpiar, estaba segura de ello. No importaba que fuera su jefe, porque en cuanto sus planes fallaran con Tania, vendría aquí, y normalmente duraban una semana, o dos, como mucho. Siempre mujeres casadas, a él le gustaba lo temerario y lo prohibido. Claro que también lo "exquisito", según él. Todas las mujeres con las que había estado estaban casadas y eran jóvenes, de veinte a treinta años, y no pasaba de esa edad.
Escuchó un estruendo, por lo que supuso que serían Nancy y Clark, pero en lugar de ir seguido de un gemido, fue seguido de un chillido, y ella se levantó de golpe. Escuchó el sonido de un disparo y ella corrió a su habitación, levantó el colchón y agarró el arma y las balas, se las puso y escondió el arma en su chaqueta de cuero, la cual no se había quitado todavía.
Estaba segura de que aquellos sollozos eran de mujer, una mujer asustada. —Por favor, por favor, no me hagas daño. —sollozó fuertemente. La única autoridad de aquel edificio era ella, así que salió y vio, en el pasillo, una chica en el suelo y de rodillas.
—¡Puta zorra, lo sabía, lo sabía! —gritó el hombre, y ella frunció el ceño observando la escena. —¡Crees que puedes engañarme? ¡A mí? —le gritó, y la mujer sollozó más fuerte. Conocía a todas las personas de aquel edificio, la mujer que estaba en el suelo era Mafalda, y vivía en el piso de arriba, por lo cual supuso que venía de un encuentro con un caballero, pero al hombre que apuntaba el arma no lo conocía. Ella sólo sollozaba, sin decir nada. Por lo que sabía, había salido con diversos hombres, y todos aquellos hombres la habían maltratado, humillado y violado. Había sufrido maltrato de género en cada una de sus relaciones, y eso ya era tener muy mala suerte. Supuso en seguida que este también sería un maltratador, y ella odiaba a esa clase de personas, ya que, gracias a esa clase de personas, había perdido a una amiga muy importante para ella, su única amiga. Madison Miller era una chica llena de alegría, un día se enamoró, se casaron al poco tiempo, Noa jamás llegó a confiar en aquel hombre, unos meses después notó un cambio repentino en Madison, tanto físico como psicológico, ella estaba muy delgada, demasiado. Dado a que llevaban dos meses sin hablar y sin verse, porque ella estaba ocupada y Madison también, no pudieron verse, y el día en el que lo hicieron, Madison le contó que él la maltrataba y que ella se sentía en depresión, no comía y su estómago no admitía comida, todo lo que ella ingería era devuelto al exterior, y como el daño llegaba a ser tanto también se cortaba, y un día todo explotó, fue demasiado que soportar para su cuerpo y su corazón, y la perdió. Madison llegó a ser como una hermana para ella, y se la arrebataron, a ella, a su única familia y amiga. Años más tarde se reencontró con Austin, era un chico con el que fue al colegio, dejaron de hablarse y por razones del destino volvieron a encontrarse. Austin le enseñó que la venganza era dulce, y que lo prohibido te hacía sentir la adrenalina en tu cuerpo, la arrastró al infierno, claro que para ese entonces, ella no lo sabía. Noa se encargó de acabar con el hombre que hizo que su amiga se quitara la vida y Austin de eliminar las pruebas, había ensuciado a Noa, y ella, siguiendo a su maestro, iba arrastrando almas al infierno, una por una.
—¡Suéltame! —chilló la mujer. No había nadie más que ella en aquel pasillo, y al parecer estaba pasando desapercibida, ya que no se percataron de su presencia. Nadie saldría a ayudarla, porque a nadie le importaba, pero ella no permitiría un solo maltrato más frente a sus ojos.
Apuntó y disparó, el hombre cayó al suelo y la mujer chilló, asustada. Ella se acercaba a paso tranquilo, mientras guardaba el arma en su chaqueta. Mafalda la miraba con el rostro lleno de lágrimas y el maquillaje corrido. —Ya no volverá a molestarte. —dijo ella, y la mujer sollozó, y miró el cadáver. Alzó la mano temblorosa, queriendo tocar el cadáver, pero siendo incapaz de hacerlo. Apartó la vista y sollozó. —De quererte, no te habría hecho daño. —dijo, y la mujer asintió con la cabeza. —Supongo que lo sabes por experiencia, ¿no?
Pasó por su lado dando una zancada al pasar por encima del cadáver. Se encargarían de recogerlo, pero como aquí no había ley, acabarían arrojándolo en un contenedor de basura, al mar o a un lugar desolado, nadie se encargaría de identificar al muerto, ni de buscarlo, porque morir ahí, era desaparecer del mapa por completo. Nadie, jamás, te buscaría.
[Bueeeno baes, por aquí llueve y cada dos por tres la corriente se va a tomar por culo, por lo qu el wifi es inestable, y pues no tardará mucho en irse la luz, so... Buah. A parte de eso, hoy he hecho las recuperaciones y cruzo los dedos para aprobar. Bueno, espero que os haya gustado el capi y... No os olvidéis el +1, subiré el próximo cuando llegemos a más de "+10", ¿oki? (Y cuando tenga internet, muy importante) xx.


Siguela :)
ResponderEliminar¡Mucha suerte en las recuperaciones!
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