Autora: Sandra M.P.
NO COPYRIGHT. | SMUT | Violencia | Abusos | Violaciones
Estaba solo de nuevo, como siempre, rodeado de maldad, y sé que mi destino era morir infeliz, ser tratado como un objeto, ser desechado como basura, morir siendo un desecho social y sin ser amado.
—Simplemente sé comprender a la gente. —dijo ella.
Estaba solo de nuevo, como siempre, rodeado de maldad, y sé que mi destino era morir infeliz, ser tratado como un objeto, ser desechado como basura, morir siendo un desecho social y sin ser amado.
—Túmbate
en el suelo, boca arriba. —me ordenó la mujer de pelo rizado. Y en
ese instante lo comprendí todo, y me sentí sucio, sucio como nunca,
humillado, roto.
Obedecí,
intentando no venirme abajo.
Sentí
la humedad, era repugnante, eran unas desesperadas.
—Oh. —gimió, y yo cerré los ojos con fuerza.
—Oh. —gimió, y yo cerré los ojos con fuerza.
Sentía
cómo mis ojos se humedecían.
Sentía
su peso sobre mí, y su humedad, ahora todavía más.
—Vamos,
me toca. —dijo alguien, pero yo no quise abrir los ojos, no quise
mostrarme débil, no quise que vieran que estaba asustado.
Se
separó de mí y al poco rato empezó otra vez. Me aguanté un
sollozo y aguanté, soporté todo lo que hicieron.
Se
corrieron, dos de ellas, sobre mí, estaba sucio, sentía más asco
del que nunca había sentido hacia mí.
Se
rieron, yo seguía en el suelo sin abrir los ojos.
—Oh,
querido, ha sido increíble. —dijo una de ellas.
—¿Puedo
bañarme? —pedí, con la voz quebrada. Abrí los ojos y las miré.
No se veía ni pizca de culpabilidad ni compasión en sus ojos.
—Claro,
ya hemos terminado contigo. No creo que mi sobrina quiera nada de
alguien como tú. —dijo la rubia de senos tamaño hipopótamo con
asco y burla.
Y
tenía razón. ¿Quién podría querer a alguien como yo más que
para el sexo? Por diversión. Sólo servía para eso. —El baño
está arriba, la puerta blanca. —dijo la rubia teñida.
Recogí
toda mi ropa y fui arriba. Como me habían dicho, vi la puerta
blanca. Entré y me metí en la bañera.
Abrí
el grifo y con el agua empecé a limpiarme, intentando quitar la
suciedad de mi cuerpo, pero por mucho que lo intentara, seguía
sintiéndome sucio.
Lágrimas
de impotencia se asomaron en mis ojos. Sentía asco de mí mismo, más
de lo habitual.
Sollocé
y volví a intentar limpiarme, frotando fuerte, por todas partes.
La
puerta se abrió y miré asustado hacia ésta. Sorbí mi nariz y
aparté mi mirada.
—Lo
siento. —dijo entrando y cerrando la puerta a sus espaldas.
—¿Sientes
qué? —dije mirándola. —Eres como las demás. —dije con la voz
quebrada. —, lo único que quieres es romperme, usarme. —dije
negando con la cabeza. —No hace falta que te disculpes, estoy
acostumbrado a ello. —dije.
—No...
—susurró. —Yo no soy así, yo no quería... —dijo ella.
—Tranquila,
da igual cómo seas, nadie sabrá lo que has hecho. —dije
mirándola. En sus ojos se veía el dolor.
—No
quería que te hicieran daño. —dijo ella mientras sus ojos se
aguaban.
—Pues
me lo han hecho. Y tú también. —dije con la voz quebrada.
—Perdóname...
—pidió. —Me amenazaron con decirle a tu jefe que no habías
obedecido si no lo hacía. —dijo ella. —Y tú... Tenías miedo...
No quería... De verdad.
Parpadeé
varias veces. ¿Lo había hecho por mí? —Lo... ¿Lo has hecho por
mí? —pregunté, temblando, tal vez porque el agua se estaba
enfriando, o simplemente porque no estaba acostumbrado a que alguien
se preocupara por mí. Ella asintió con la cabeza. Olvidé que me
sentía sucio por un instante, pero no duró mucho. —Gracias.
—susurré. Era la primera vez que decía eso de corazón. Me
sonrió, débilmente, y después bajó su mirada.
—Sé
que te sientes sucio. —susurró negando con la cabeza. Tragué
saliva y ella me miró.
¿Cómo
sabía eso?
—¿Cómo
sabes eso? —pregunté. Ella sonrió y acarició mi mejilla.
—No
puedo decírtelo, pero puedo hacer que dejes de sentirte así. —dijo
ella, y yo parpadeé varias veces. ¿Podía?
—¿Cómo?
—dije en voz baja.
Se
acercó a mi rostro y juntó nuestros labios. Al principio me resultó
extraño, pero luego fui cogiéndole el gusto, porque era increíble
la sensación, sus labios.
Tenía
los ojos cerrados, sin poder evitarlo, de nuevo.
Separó
nuestros labios y empezó a repartir besos por mi cuello, haciéndome
estremecer y sentir olas de placer.
Sentí
su sonrisa en mi cuello.
—No
puedo seguir a menos que salgas de ahí —susurró. —, y sólo lo
haré si tú quieres. —dijo apartándose de mí.
Abrí
los ojos y la miré, de rodillas al lado de la bañera. Me levanté y
ella también lo hizo. Salí de la bañera y quedé delante de ella.
Caminó hasta la puerta, puso el seguro y volvió donde antes.
—¿Me
obedecerás? —preguntó, haciéndome dudar un momento.
—Sí.
—afirmé.
—Bien.
—dijo ella. Se acercó más a mí y empezó a repartir besos por mi
abdomen, bajando cada vez más, pero esta vez se entretuvo más en mi
zona abdominal antes de bajar hacia mi miembro.
Empezó
a lamer, y otra vez volví a sentir esa sensación tan placentera.
De
arriba a abajo, seguidamente, mientras que con la otra mano masajeaba
mis testículos.
—Oh.
—gemí, sin poder evitarlo. Sentí que no podía más, que
llegaría, y esperaba que parara, pero no lo hizo. —Oh, Dios. —gemí
más alto, explotando.
Ella
escupió en la bañera y se levantó, sentía un calor sofocante en
mis mejillas y respiraba agitadamente mientras mi corazón iba a mil.
—¿Mejor
ahora? —me preguntó frotando sus labios sobre mi mejilla, cerré
los ojos y disfruté de ese pequeño contacto.
—Sí.
—susurré. Como si nada de lo anterior hubiera sucedido. Me sentía
limpio. Bien. Como nunca. —¿Cómo has... Hecho esto? —pregunté,
absorto. Ella me sonrió tímidamente.
—Porque
no es lo mismo. —dijo ella.
—Es
sexo de todos modos. —dije yo. Ella medio-sonrió.
—Pero
hacerlo con cariño no es lo mismo que hacerlo... —dijo buscando la
palabra correcta. —Por placer propio. —dijo.
No
había conocido nunca un trato que no fuera sádico.
Abrí
la boca, para decirlo, pero me callé.
—Dilo.
—dijo ella. —Puedes contar conmigo. —me animó.
—Nunca
he tenido un trato que no fuera sádico. —dije, y ella parpadeó,
pude notar que aturdida.
—No
digas eso. —susurró.
—Estoy
metido en esto desde que tenía quince años. —dije, y ella abrió
la boca, sorprendida.
—¿Por
qué no lo dejas? —preguntó.
¿Por
qué? Porque no podía. Era imposible salir de esto. Nadie sería
capaz de sacarme de esto. Una vez que has entrado no puedes salir,
das vueltas sobre tu propia mierda hasta que te mueres.
—Porque
no puedo. —respondí.
—Sí
que puedes. Tienes... Que poder. —dijo ella, buscando que aceptara.
Suspiré.
—No lo entenderías.
—Sí
que lo entendería. —dijo ella. —Y lo sabes. —añadió. Cierto.
—No
puedes ayudarme, nadie puede. —dije, y vagamente recordé la
llamada telefónica que recibí.
Suspiró,
y parecía pensar en algo. —Tal vez no pueda, pero quiero
intentarlo. —dijo.
—Ellos
me rescataron de la calle cuando no tenía a dónde ir, me dieron
comida, ropa y un hogar. —expliqué.
—Eso
no significa que tengas que... —dijo ella, no queriendo decir la
palabra.
—¿Que
venderme? —completé.
Suspiró.
—Si prefieres decirlo así. —dijo ella, y luego suspiró. —Sabes
que no mereces esto, sabes que puedes ser algo mejor.
Sus
palabras me sorprendían, era como si me conociera de siempre, como
si ella se hubiera puesto en mi piel, como si se hubiera sentido
igual, como si leyera mis pensamientos.
—A
ratos me asustas. —dije, y ella rió un poco. Su risa era
increíble. —Es como... Si leyeras mis pensamientos. —dije.
Por
un instante tuve miedo de que leyera de verdad los pensamientos, eso
sería vergonzoso.
—Simplemente sé comprender a la gente. —dijo ella.
[Bueeno baes, espero que os haya gustado el capitulo, y no olvidéis el +1, que es gratis :D Si os está gustando la novela también podéis darle +1 aquí xx :D]


No hay comentarios:
Publicar un comentario